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Archive for the ‘Crónicas’ Category

____El reloj marcaba las 9:45. Lo sé porque justo en ese momento iba a apagar la radio. Entonces lo escuché, el ruido de dos golpes sobre la puerta de mi apartamento en la primera torre de Plaza Universitaria. No contesté. Imaginaba que era alguien de la administración. En otra ocasión, la administradora fue cuarto por cuarto a hacer algún anuncio, precedida por una empleada que tocaba la puerta sin anunciarse. Por eso no me dio con abrir. Comencé a delinearme los ojos frente al espejo que tenía reclinado de la pared porque aquí no se puede clavar nada…ni pintar ni pegar tampoco, pero ya ese es otro tema. La cosa es que sonaron los portazos nuevamente. Esta vez me irrité. Abrí la puerta de cantazo y pregunte qué pasaba, acompañando la pregunta con una palabra impublicable. Frente a mi estaba la misma empleada de limpieza de la vez anterior. Se veía un tanto estresada, pero detrás de ella, podía ver a la administradora, imagen de la tranquilidad, tocando puertas. Para el que no supiera que acostumbraba a hacer sus visitas con un sequito por delante, nada parecería extraño. De todas formas el caso es que no me preocupe mucho cuando la empleada me dijo que tenía que salir rápidamente porque había una emergencia, sin dar detalles. Tomé mi sándwich de la tostadora -que no se supone que usara allí no fuera a ser que explotara la mini cocina-, y le avise a mi compañera de cuarto lo que pasaba. Ella estaba con pijamas y el pelo enredado. Fue un golpe de suerte que tuviera una reunión esa mañana porque de no ser así, me habrían sorprendido en medio de un encuentro con Morfeo, con el pelo en un moño que me hacía parecer un Teletubbie y una camisa extra grande del Fotomaratón del 99′. No tuve tiempo para agarrar más que mi cartera, pues temía que la empleada se metiera en el apartamento y me arrastrara a lo cavernícola. Bajamos por las escaleras como lo hacemos casi siempre ya que los ascensores parecen tener distrofia tecnológica desde siempre. Llegamos al patio delantero y nos dijeron que teníamos que cruzar la calle hasta la acera frente a Torre Norte, donde estaban los demás evacuados. Vi a muchas de mis vecinas con rostros cansados, mostrando rastros del maquillaje de anoche, cuando se cerró nuestra avenida para celebrar el aniversario del Vidy’s. Debido a eso, calculé que muchos no tendrían más de cuatro o cinco horas de sueño. Una chica se quejaba de un bajón de azúcar inminente, mientras que un muchacho cargaba con sus maletas y dejaba el dilema atrás, adelantando el acostumbrado viaje a casa de los viernes en la tarde. Otros más se lamentaban de haber dejado sus laptops atrás. Sin embargo, yo no acababa de preocuparme; estaba segura que aquello no era más que un simulacro de cuarta. Primera pista: si el sistema de altoparlantes sirvió durante el año pasado para que algunas guardias de seguridad y sus amigos inquilinos jugaran a locutores, ¿por qué no habrían de utilizarlo para anunciar una emergencia? Segunda pista: la guardia municipal no había cerrado la carretera. Tercera pista: los miembros del equipo administrativo y de limpieza estaban sentados en los bancos frente al complejo de apartamentos, como si aquello no fuera más que el break de las diez de la mañana. Además, tenía el presentimiento de que si todo aquello fuera realmente grave, la mayoría de los allí sentados nos habrían abandonado hacía tiempo.

____Me molestaba la farsa, así que me apresuré a llegar a la universidad para mi reunión. La noticia ya había llegado hasta mi facultad pero a nadie le preocupaba demasiado la suerte de Plaza Universitaria, sino más bien la inconveniencia que presentaba el hecho de que a causa de aquel asunto habían cerrado el tren. Al finalizar la reunión, regresé a la Avenida Universidad y me enteré de la razón detrás de nuestra huida. Aparentemente, un joven que como tantos otros puertorriqueños está demasiado acostumbrado al mantengo, no recibió el cheque de la beca a tiempo por razones desconocidas y por esto, amenazó con tirar una bomba en Asistencia Económica, que tiene sus instalaciones en el edificio anexo a mi hospedaje desde el año pasado. Ma-ra-vi-llo-so. Por eso es que habían evacuado los edificios residenciales de mala manera. Pero aún después de recibir esta información vía radiopasillo, bueno, realmente no, más bien radioacera, todavía no creí que la amenaza fuera real. Era obvio que los empleados compartían mi opinión, sino no se les vería entrando y saliendo sacando botellas de agua mientras nosotros nos ahogábamos. Entendí que tuvieron que evacuarnos por puro protocolo y apariencia. La verdad es que si nuestro moderno establecimiento realmente hubiera explotado en cantitos de cemento, víctima de la bomba, nuestro refugio a 20 o 30 pies de distancia habría sido inútil pues contrario a lo que pueda creer la administración, las cosas en la vida real no se dan como en una película de Schwarzenegger, y nosotros nos habríamos fastidiado junto con el edificio. Afortunadamente, no hubo chance para probar mi teoría; todo fue una falsa alarma. Ya para las dos de la tarde la mayoría de la gente había regresado a sus camas -quisiera decir cómodas, pero es imposible decirlo sin mentir- y los pocos que quedaban, merodeaban en el lobby comentando que quien quiera que hubiera causado todo aquello se metió en tremendo lío porque en Asistencia Económica grababan todas las llamadas entrantes. Lo dudo, suena muy fantástico. Mi incredulidad ha sido reforzada por el bombazo que nunca fue. Una vez en mi cuarto, recogí mis cosas a prisa, me iba a casa con más ajoro que lo usual. Le conté todo a mi madre en el camino. Esperaba sorpresa de su parte, pero no la demostró. Se limitó a decir que “esas cosas pasan en la UPI”. Quise defender mi universidad, busqué los argumentos para hacerlo, pero desistí. Mi madre pasó por la UPI antes que yo y en su segundo año sobrevivió la huelga del 81′. Después de todo, resulta que una amenaza de bomba fatula en mi segundo año palidece en comparación.

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