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Archive for 11 mayo 2008

Plaza del Mercado de R�o Grande

Hace unos días, en el suplemento La Revista de El Nuevo Día, se publicó un reportaje sobre la crisis alimenticia que nuestro país enfrentará próximamente debido a nuestra gran dependencia de las importaciones. El hecho de las importaciones debe ser un factor más de la cotidianidad para cualquiera que haya visitado un supermercado. Todo hijo de vecino ha visto las etiquetas con los nombre de país de procedencia al lado de la lechuga, los melones y las chuletas. Estados Unidos. Nicaragua. Chile. Canadá. Panamá. Filipinas. Indonesia. Y muy de vez en cuando, Puerto Rico. Porque el consumidor puertorriqueño promedio no sabría localizar a Filipinas en un mapa, pero si puede comprar mariscos que vengan de ese país localizado a 10,104 millas del nuestro. Nada fuera de lo normal, pero resulta que esa costumbre nos ha llevado al punto de que el 85% de nuestros alimentos son de origen extranjero. El 85. Parece un mal chiste que una isla tropical no pueda aportar un poco más a su propia subsistencia, pero así es. El caso es que ya no es cuestión de economía insular solamente, sino que simplemente, el producto del exterior ya no da abasto. Y cuando cada país vele por los suyos, ¿a quién vamos a llorarle? El puertorriqueño, que siempre ha pensado con la barriga, ahora le toca pensar con algo más funcional. Porque si las cosas siguen como van, lo que viene es agua de coco y mangó para todo el mundo. La comida de “riquitos” ya no será la langosta, sino un simple arroz con habichuelas. El problema no es hallar la solución, sino llevarla a cabo. Sabemos que hay que invertir en la tierra, al igual que sabemos de los millones que se han ido restando del presupuesto de incentivos a la Agricultura año tras año. Pero cómo culpar al Gobierno cuando la gente ha pedido a gritos más cemento. Más “obra”. Más “infraestructura”. La cuerda siempre se rompe por lo más finito. Pues ahí está el resultado de nuestro proceso dizque evolutivo. Porque para el puertorriqueño el progreso significó dejar atrás todo lo que fuimos antes y nos equivocamos. Por eso quedamos así, atollados en la nada porque no somos ni una cosa ni la otra. No tenemos agricultura que se respete y las industrias nos abandonan. Vivimos en la sociedad del mantenido. Donde la gente no termina la Escuela Superior, pero quiere trabajar en aire acondicionado y sino, en casa a ver la Comay hasta que llegue ayuda. No hay quien quiera recibir el sol de frente y hacer algo de provecho. Estamos en la cuerda floja y el balance nos falla. Y ya se va haciendo hora de despertar y oler el café que se pudre porque no hay quien lo recoja. Razones sobran para hacer lo que hay que hacer. Hacerlo por el calentamiento global que exacerbamos con tanta importación; por la economía que se nos hunde por dejar el dinero afuera en vez de invertirlo aquí… y en última instancia, apelo al orgullo. Porque podemos ser más que esto. Porque somos más que esto.

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