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Crónica de una derrota anunciada, por Carolene Fontanet Smith

 

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Para cualquier puertorriqueño que se valorara como tal, la noche del pasado sábado 19 era la “noche de la pelea”. Desde que escuché sobre el combate de Tito Trinidad vs. Roy Jones Jr., semanas atrás, imaginé lo peor. Ya fuese por lógica o por desdén, estaba segura de una derrota para el puertorriqueño. Hace mucho tiempo que el campeón había dejado de serlo y últimamente se había convertido en un chiste gastado en nuestro país. Quizás por eso decidió salir del retiro; claro que hay que considerar el obvio elemento económico, pero no es justo decir que ese fue su único motivo. Para eso le habría bastado una campaña publicitaria cualquiera, o quizás llegar a vender un par de guantes firmados en eBay…pero no. Nosotros los seres humanos somos más complejos que eso y de seguro que el otrora héroe borincano ansiaba volver a serlo. Sin embargo, verlo salir del retiro –una vez más- era algo así como ver a la Iris Chacón meneando las cachas entrada en los sesenta, como oír la voz dorada de Frankie Ruiz cuando ya las drogas la habían demacrado…algo incómodo, por no decir más.

¿Pero como culpar al púgil? No debe ser fácil pasar de ver tu rostro plasmado en banderines, camisetas y pañuelos por doquier a entrar a un supermercado y solo cazar un par de miradas furtivas. Así que buscamos a los que debieron haber estado ahí para aconsejarlo y sabemos que nadie se le plantó de frente a recomendarle que no peleara. Por eso, al igual que Santiago Nasar caminaba hacia una muerte segura en la novela de García Márquez, de camino al cuadrilátero, Tito se encaminaba a una derrota inevitable, y nadie, absolutamente nadie, se ocupó por evitarlo. Se podía parar antes pero ya no, no cuando los fanáticos estaban sentados esperando, no cuando el Madison, Don King y Pay-per-View habían firmado sus contratos. Y por lo tanto, ya no quedaba más que aceptar el porvenir, cada cual en su posición: Tito en una esquina, Jones en la otra y nosotros acá en la Isla sentados frente al televisor.

Yo, desde una marquesina riograndeña, veía a las personas a mí alrededor regocijarse, esperanzados como en tiempos mejores. Los grandes se servían del caldo gallego de la abuela y los chiquitos se atosigaban de papitas de la Frito Lay deliciosamente grasientas. Las Coors Light en la nevera y los sorullitos de maíz con la mezcla prodigiosa de kétchup y mayonesa, en la mesa. Entonces subieron los boxeadores al cuadrilátero y los cánticos de “¡Tito, Tito!”, no se hicieron esperar. Ese coro tan familiar que podía servir de apoyo, pero también era una carga…y no puede ser fácil llevar a cuestas la esperanza de un pueblo que quiere una razón más para celebrar, para olvidar que el país se nos cae en cantos, para poder beber y gritar y escribir “Tito # 1” en tinta blanca en las ventanas del carro y salir en la madrugada a tocar bocina, para que aquel antipatriota que se quedó durmiendo se tenga que levantar y se entere, que el nene puertorriqueño ha puesto el nombre de la Isla en alto, y que somos pocos, pero buenos.

Y todo era ruido hasta que suenan los acordes de nuestro himno, y nos contagiamos de la emoción del cantante cristiano que lo entona, porque sea cual sea su origen, ese es nuestro himno, y se esta escuchando en el Madison. ¿Oíste? En el Madison. ¿Okey? Todo ese cinismo que me protegía se evaporaba hasta desparecer por completo al ver de cerca esos ojos grandes, esa sonrisa de niño…tan ingenua, tan esperanzada…que rompe el alma y estimula a rogar por un milagrito. Entonces, contra todo pronóstico, desee verlo treparse en las cuerdas, y como lo hizo anteriormente -hace tantos años ya-, lanzar un grito de victoria sonoro que fuese acompañado por miles de sus compatriotas.

Al comienzo parecía que tal vez había algún chance para ese deseo. En los primeros asaltos, los espectadores se levantaban en una ola improvisada, unos implorando al cielo la bendición y unas profesando amor eterno a ese “gallo”. Pero ya después del cuarto asalto nadie se levantaba, y todos compartíamos un nuevo deseo, que cada intervalo de tres minutos pasara más rápido que el anterior; porque ese maldito contrincante parecía de hierro, “fresquecito” y para colmo, se pasaba de burlón. Nuestro profeta boxístico se cayó no tres, sino dos veces, pero dolió igual. Y ya hacia el final sólo pedíamos clemencia, que no se cayera una vez más, que resistiera, que no lo “noquearan”. No se cayó. Terminó el combate sin gloria y seguido, la decisión que ya todos adivinábamos. Los que en un principio lucían más seguros de una victoria puertorriqueña, buscaban justificaciones, lamiéndose las heridas. Cierto o no, muchos aseguraron que el Junior se abstuvo de liquidar a nuestro astro debilitado, y si es así, se lo agradezco. El caso es que el caldo milagroso de Doña Irma no funcionó. Perdió Tito, perdimos todos.

 

Comprar es igual a olvidar

por Melany M. Rivera

“Sale, loco de contento con su cargamento… para el centro comercial…” Al parecer, el “lamento borincano” se ha dejado llevar por el dicho que dice que “a mal tiempo buena cara” y ni las alzas del IVU, el agua, la luz y los precios caros le impedirán hacer sus compras durante esta época de navidad que se aproxima. En esta isla donde los problemas abundan y las tarjetas de crédito endeudan, comprar es sinónimo de olvidar y esta época se ha convertido en la ideal para realizar tal ejercicio.

Y es que para muestra un botón. Ni siquiera había pasado Halloween y ya los centros comerciales se encontraban repletos de adornos, regalos y gente que acudía con desespero para comprar pues no faltaba quienes decían que “hay que aprovechar los

especiales antes que lo suban todo”. Desde entonces no faltan las ventas de anticipo navideño, donde las filas parecen interminables y la mercancía se adorna con rótulos de especiales que deleitan el paladar consumista del boricua y lo llevan a saciar su sed de comprar. La llegada de nuevos árboles de navidad- de esos que ahora arrojan nieve- y cientos de adornos de todas las formas y colores para el exterior decoran las vitrinas mientras que la llegada de la nueva mercancía en juguetes y enseres electrónicos provoca en muchos la histeria y las largas filas de personas que, ante la situación económica del país, prefirieren optar por un lay away que pagarán a pulso por no quedarse atrás. El puertorriqueño no discrimina entre alfombras importadas directamente desde el almacén o televisores plasmas recién llegados del exterior, todo lo consume y le encuentra un uso.

La publicidad se convierte en la excusa perfecta para olvidar las viejas deudas y agregar unas cuantas más. Ya las tiendas publicaron en los periódicos sus libros repletos de especiales y novedades en juguetes. Las madres disimulan mientras le dicen a sus hijos que “vayan pensando qué le van encargar a los Reyes porque este año están pobres”, mientras ellos marcan la mitad de cada página mirando todo… menos el precio. Desde un Nintendo Wii hasta la última muñeca que salió, esa que ahora recuerda su nombre, llora, se ríe y hasta va al baño. Las computadoras portátiles, los Ipods, los celulares y los juegos de video son el regalo de moda para todo niño aunque ni siquiera sepa cómo se enciende.

Es que no importa si somos grandes o pequeños, nuestra voluntad sucumbe ante el embriagador perfume de la innovación. Los niños no quieren la guagüita sencilla y vacía de Barbie ni los carritos Tonka de antes; los consideran anticuados y ahora prefieren la limosina que lo tiene todo y el robot que se convierte en carro o algún video juego que los haga entretener por una cuantas horas. Todo sea por el bien de olvidar los cálculos y estirar los dólares, de olvidar los problemas económicos que nos aquejan pero unen como pueblo.

Muy pronto veremos las casas transformadas en parques de diversiones. Luces que caen desde el techo, nacimientos del tamaño de un humano, globos inflados que simulan muñecos de nieves o reyes magos, venados y árboles de alambre que repletos de luces se mueven de un lado a otro… Los artículos no parecen ser un límite para el puertorriqueño quien se las ingenia para que su casa sea la mejor adornada. Además, hay que pensar en las fiestas y gastar lo necesario entre bebidas y alimentos. Pronto, observaremos por nuestros televisores las largas filas que se formarán para las ventas del madrugador -o quien sabe, quizás seamos uno de ellos.

Cuando finalice la navidad, recogeremos todo hasta el año próximo y entonces recordaremos las deudas que habíamos dado por saldas. A eso se le suma el recibo de la luz que se ha ido por las nubes con tantas bombillas encendidas y las tarjetas de crédito que comienzan a reclamar su lugar y a apretar nuestros bolsillos. Es entonces cuando la conciencia nos llama y nos regaña por haber gastado tanto; es entonces cuando nos duelen esos centavos que pagamos por el IVU y todo lo extra que nos dimos el lujo de gastar. Pero el remordimiento sólo durará hasta febrero, cuando San Valentín se aproxime y haya que comprar regalos otra vez.

Comprar, es sin duda sinónimo de olvidar. Compramos por gusto, por necesidad o por diversión. Compramos ya sea para regalar algo valioso a nuestros seres amados o para sentirnos conformes al ver un árbol repleto de adornos y obsequios. Lo hacemos por costumbre, por oficio, para excusar nuestra necesidad de apartarnos de la realidad. El lamento lo convertimos en regocijo y en épocas como la Navidad, lo materializamos en objetos para encontrar en otros una sonrisa que nos diga que valió la pena.

Al final, continuaremos como siempre, pero con algo que nos distingue como pueblo: no importa las pruebas que se nos presenten, la felicidad y el optimismo bordearán nuestros actos mientras nuestra conciencia se preocupa y lamenta por la difícil situación económica en la que vivimos. Como diría la canción de Rafael Hernández con la que comencé esta columna “qué será de Borinquen, mi Dios querido. Qué será de mis hijos y de mi hogar…”

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