
Para cualquier puertorriqueño que se valorara como tal, la noche del pasado sábado 19 era la “noche de la pelea”. Desde que escuché sobre el combate de Tito Trinidad vs. Roy Jones Jr., semanas atrás, imaginé lo peor. Ya fuese por lógica o por desdén, estaba segura de una derrota para el puertorriqueño. Hace mucho tiempo que el campeón había dejado de serlo y últimamente se había convertido en un chiste gastado en nuestro país. Quizás por eso decidió salir del retiro; claro que hay que considerar el obvio elemento económico, pero no es justo decir que ese fue su único motivo. Para eso le habría bastado una campaña publicitaria cualquiera, o quizás llegar a vender un par de guantes firmados en eBay…pero no. Nosotros los seres humanos somos más complejos que eso y de seguro que el otrora héroe borincano ansiaba volver a serlo. Sin embargo, verlo salir del retiro –una vez más- era algo así como ver a la Iris Chacón meneando las cachas entrada en los sesenta, como oír la voz dorada de Frankie Ruiz cuando ya las drogas la habían demacrado…algo incómodo, por no decir más.
¿Pero como culpar al púgil? No debe ser fácil pasar de ver tu rostro plasmado en banderines, camisetas y pañuelos por doquier a entrar a un supermercado y solo cazar un par de miradas furtivas. Así que buscamos a los que debieron haber estado ahí para aconsejarlo y sabemos que nadie se le plantó de frente a recomendarle que no peleara. Por eso, al igual que Santiago Nasar caminaba hacia una muerte segura en la novela de García Márquez, de camino al cuadrilátero, Tito se encaminaba a una derrota inevitable, y nadie, absolutamente nadie, se ocupó por evitarlo. Se podía parar antes pero ya no, no cuando los fanáticos estaban sentados esperando, no cuando el Madison, Don King y Pay-per-View habían firmado sus contratos. Y por lo tanto, ya no quedaba más que aceptar el porvenir, cada cual en su posición: Tito en una esquina, Jones en la otra y nosotros acá en la Isla sentados frente al televisor.
Yo, desde una marquesina riograndeña, veía a las personas a mí alrededor regocijarse, esperanzados como en tiempos mejores. Los grandes se servían del caldo gallego de la abuela y los chiquitos se atosigaban de papitas de la Frito Lay deliciosamente grasientas. Las Coors Light en la nevera y los sorullitos de maíz con la mezcla prodigiosa de kétchup y mayonesa, en la mesa. Entonces subieron los boxeadores al cuadrilátero y los cánticos de “¡Tito, Tito!”, no se hicieron esperar. Ese coro tan familiar que podía servir de apoyo, pero también era una carga…y no puede ser fácil llevar a cuestas la esperanza de un pueblo que quiere una razón más para celebrar, para olvidar que el país se nos cae en cantos, para poder beber y gritar y escribir “Tito # 1” en tinta blanca en las ventanas del carro y salir en la madrugada a tocar bocina, para que aquel antipatriota que se quedó durmiendo se tenga que levantar y se entere, que el nene puertorriqueño ha puesto el nombre de la Isla en alto, y que somos pocos, pero buenos.
Y todo era ruido hasta que suenan los acordes de nuestro himno, y nos contagiamos de la emoción del cantante cristiano que lo entona, porque sea cual sea su origen, ese es nuestro himno, y se esta escuchando en el Madison. ¿Oíste? En el Madison. ¿Okey? Todo ese cinismo que me protegía se evaporaba hasta desparecer por completo al ver de cerca esos ojos grandes, esa sonrisa de niño…tan ingenua, tan esperanzada…que rompe el alma y estimula a rogar por un milagrito. Entonces, contra todo pronóstico, desee verlo treparse en las cuerdas, y como lo hizo anteriormente -hace tantos años ya-, lanzar un grito de victoria sonoro que fuese acompañado por miles de sus compatriotas.
Al comienzo parecía que tal vez había algún chance para ese deseo. En los primeros asaltos, los espectadores se levantaban en una ola improvisada, unos implorando al cielo la bendición y unas profesando amor eterno a ese “gallo”. Pero ya después del cuarto asalto nadie se levantaba, y todos compartíamos un nuevo deseo, que cada intervalo de tres minutos pasara más rápido que el anterior; porque ese maldito contrincante parecía de hierro, “fresquecito” y para colmo, se pasaba de burlón. Nuestro profeta boxístico se cayó no tres, sino dos veces, pero dolió igual. Y ya hacia el final sólo pedíamos clemencia, que no se cayera una vez más, que resistiera, que no lo “noquearan”. No se cayó. Terminó el combate sin gloria y seguido, la decisión que ya todos adivinábamos. Los que en un principio lucían más seguros de una victoria puertorriqueña, buscaban justificaciones, lamiéndose las heridas. Cierto o no, muchos aseguraron que el Junior se abstuvo de liquidar a nuestro astro debilitado, y si es así, se lo agradezco. El caso es que el caldo milagroso de Doña Irma no funcionó. Perdió Tito, perdimos todos.
Excelente!!!!!!!!!!!!!!!
Waooo. Muy buen escrito señorita Smith. Continue adelante
Te botaste, sigue adelente sin duda seras una de las mejores periodista o escritora de este pais. Exito
Somehow i missed the point. Probably lost in translation
Anyway … nice blog to visit.
cheers, Cruel.