Por Alejandra Rivera Rodríguez, Reportera de Paréntesis
Cuando ingresé en el 2004 al recinto riopedrense de la Universidad de Puerto Rico conocía de huelgas, falta de cursos y edificios enfermos. Las malas lenguas de la Iupi ya me habían informado de varios problemas que enfrentaría durante mi bachillerato. Comencé mi primer semestre un poco desanimada pero ansiosa por mi nueva vida universitaria. ¿Te preguntarás, qué tiene que ver mi vida con los edificios enfermos? Lo cierto es que la vida de todos/as depende de estos edificios. Como todo “prepa”, tomé clases en el legendario edificio de Generales. Famoso por sus problemas con los acondicionadores de aires, la invasión de hongo que causaba olores en los salones, y ¡todos aquellos días libres por arreglos al edificio!
Durante esos dos primeros semestres conocí el término de edificio enfermo. Para ser sincera, ese tema nunca me importó mucho, vivía mi vida conforme a lo se aparecía en el camino. Sin embargo, recientemente me di cuenta que no puede ser así. Supe que la proliferación de hongos no es un simple problema de los edificios que la Administración del Recinto debe atender, es problema de todos/as y afecta a cada persona que toca suelo en la Iupi. El hongo nos causa problemas de salud, y ocasiona el cierre de nuestros salones de clases. Comprendí que, como estudiante orgullosa de este Recinto, no puedo vivir bajo la conformidad de tomar clases en salones con condiciones insalubres.
Cuando visité el Departamento de Lenguas de la Facultad de Humanidades pude observar los efectos de la falta de salones por culpa de las clausuras de espacios “enfermos”. Profesores y estudiantes se expresaban con sentimiento. No podían creer que sus clases fueran en un vagón. ¡Un vagón! Lo primero que se aparece en mi mente es una caja llena de mercancía, y ¿¡hay gente tomando clase ahí?! Mientras escuchaba el testimonio de algunas profesoras me sentía impotente, sorprendida y confundida. Estudio en el primer centro docente de la Isla y no comprendo cómo puede haber personas que tomen clases en cajitas. Lo insólito es que ahora ni los vagones funcionan. Actualmente, tienen problemas con los acondicionadores de aires, lo cual hace casi imposible tomar clases dentro de esas cuatro paredes. Los árboles y el piso de los pasillos se han convertido en los nuevos salones de la Iupi. ¿Hasta dónde vamos a llegar? Quiero ser optimista pero a veces pienso que, en efecto, terminaremos tomando clases en el “parking”.
La tarea de conservar nuestros edificios no es tarea de uno. El problema es colectivo, cada día nuestra área de estudio se limita y el estudiantado no se unifica para hacer valer nuestros derechos. Pido conciencia sobre nuestro bienestar como estudiantes. Si no tenemos un lugar donde estudiar, no tenemos nada.
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